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Quienes trabajamos en la salud pública y en otros campos, tendemos
a considerar a las poblaciones como homogéneas y diseñamos proyectos y
programas de investigación/ intervención sin considerar las
diferencias ni la variabilidad que presentan las personas a quienes nos dirigimos o la sociedad
de la cual formamos parte.
El enfoque de género es una herramienta conceptual útil para
analizar y comprender mejor los procesos de
salud y enfermedad.
Cada cultura construye determinados patrones de masculinidad y
feminidad, basados en las diferencias biológicas de las personas, símbolos,
valores y normas que rigen la vida social. Pero además como advierte
Scott (1), el género es constitutivo de las relaciones de poder.
El enfoque de género permite
visualizar la desigual distribución del poder entre varones y
mujeres, y la manera como estas desigualdades son reforzadas por
instituciones sociales, jurídicas, religiosas y políticas. En este
sentido, esta división dicotómica basada en el género,
subordina y desvaloriza a las mujeres, recorta oportunidades y
crea barreras para la igualdad política, cultural, social y económica.
Junto con esta discriminación y relaciones de poder basadas en el género
operan otras formas de discriminación y subordinación de clase social,
edad, raza, la edad u orientación sexual.
Muchas dolencias que sufren las mujeres están vinculadas a su
condición de género. A pesar de que crecientemente hay un rechazo a la
violencia contra la mujer, sin embargo una gran proporción de mujeres
es afectada de diversas formas de violencia física, sexual, psicológica.
Asimismo, existen obstáculos
para la autonomía en sus decisiones sexuales y reproductivas. Se
encuentran problemas de salud derivados de la falta de acceso a
recursos, de la doble jornada de trabajo y del todavía limitado poder
que tienen las mujeres en la sociedad. Además, al perfil epidemiológico
de la población femenina habría que agregar los problemas de salud
específicos de su condición biológica, por ejemplo los vinculados a
los procesos de embarazo, parto y puerperio.
Al definirse la identidad femenina como ‘cuidadoras’, las
mujeres son percibidas como agentes de salud para su familia y
comunidad. La concentración de las políticas sociales en programas
materno-infantiles y de planificación familiar, tiende a visualizar a
las mujeres sólo como reproductoras y responsables de la salud de los
hijos, y pierde de vista una perspectiva de salud integral. No se
visualiza otros riesgos a los que las mujeres están expuestas, por
ejemplo los vinculados a su condición de trabajadora fuera y dentro del
hogar. Todavía no se da
suficiente importancia al fomento de la responsabilidad de los varones
en el cuidado de la salud de la familia, de sí mismos y de la
comunidad. Muchos indicadores de morbimortalidad en los varones son
producto de la manera en que han sido socializados en determinados
patrones de masculinidad. La necesidad de demostrar virilidad y mantener
cierta práctica intensiva de la sexualidad los expone a mayores riesgos
de contraer enfermedades de trasmisión sexual y de VIH/SIDA y sufrir de
accidentes, actos violentos, consumo de alcohol y drogas.
El género es pues uno de los determinantes de la salud en la
medida que explica la vulnerabilidad y el bienestar físico, mental y
social diferencial de hombres y mujeres expresados, en tasas de
morbimortalidad, comportamientos o estilos de vida, tipos de exposición
a riesgos y condiciones sociales, económicas, culturales, estructurales
y medioambientales.
Explore cómo el género interactúa con la salud navegando por los
recursos Diassere.
(1)
Scott, Joan. El género una categoría útil para el análisis histórico.
En: La
construcción cultural de la diferencia sexual. PUEG, UNAM. México
1996. Páginas 21– 33.
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